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Amar a Dios sobre todas las cosas

Reflexión del XIII Domingo del Tiempo Ordinario – 28 de junio de 2026
27 de junio de 2026 por
Pbro. Víctor Hugo García Anaya

¡Qué escandalosas pueden sonar las palabras del Evangelio para el mundo de hoy! Y no solamente para quienes no creen, sino incluso para muchos cristianos.

Jesús nos recuerda el primer mandamiento: «Amarás a Dios sobre todas las cosas.»

Vivimos en una cultura que ha puesto al ser humano en el centro de todo; o, peor aún, en ocasiones ha puesto en el centro otras cosas: el dinero, el éxito, el poder o los propios intereses. Por eso, escuchar que debemos amar a Dios por encima de todo resulta incómodo e incluso escandaloso.

Hoy escuchamos el final del discurso de la misión. Durante las últimas semanas hemos acompañado a Jesús mientras llamaba a sus apóstoles, los enviaba a anunciar el Reino y los animaba a no tener miedo para predicar el Evangelio.

Ahora concluye con unas palabras fuertes y radicales:

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí.»

¿Por qué Jesús habla de una manera tan contundente?

No creo que estas palabras nazcan de un corazón soberbio o de un deseo de ser el centro por orgullo. Más bien, Jesús está revelando quién es verdaderamente.

Al pedirnos que lo amemos por encima de cualquier otra cosa, se está presentando como Dios y nos recuerda el primer mandamiento: amar a Dios sobre todas las cosas.

Eso es lo único que está haciendo: volver a colocar a Dios en el lugar que le corresponde.

Sin embargo, aunque en teoría todos sabemos que Dios debe ocupar el primer lugar en nuestra vida, llevarlo a la práctica resulta mucho más difícil.

Jesús quiere que sus discípulos vuelvan a poner a Dios en el centro de su corazón para que, después, eso mismo puedan transmitir a los demás.

Porque cuando quienes escuchen el Evangelio descubran esta verdad y la vivan, el mundo comenzará realmente a cambiar.

Es curioso observar cómo, cuando dejamos de amar a Dios, todos los valores empiezan a desordenarse.

Cuando ponemos en su lugar a las personas, las cosas, el dinero o cualquier otro interés, todo termina perdiendo su verdadero sentido.

En cambio, cuando Dios ocupa el centro de nuestra vida, todo vuelve a encontrar su orden.

Amar a Dios nos lleva a amar correctamente nuestra propia vida. Aprendemos a respetarnos, a cuidarnos y a alejarnos del pecado.

También transforma nuestra manera de relacionarnos con los demás. Dejamos de utilizarlos o de verlos como un medio para nuestros propios intereses, porque descubrimos que, en el amor de Dios, todos somos hermanos.

Entonces desaparece el deseo de aprovecharse del otro, de lastimarlo o de vivir enfrentados.

Del mismo modo, el amor a Dios cambia nuestra relación con la creación. Aprendemos a respetarla y cuidarla porque reconocemos que es el mundo que Dios nos ha confiado.

El amor de Dios es la verdadera fuente de la conversión y de la transformación del corazón humano.

Por eso Jesús insiste tanto en este punto. Es lo que quiere transmitir a sus apóstoles para que ellos, a su vez, lo anuncien al mundo.

Confieso que esta enseñanza también representa una llamada de atención para mí.

Existe siempre la tentación de hablar de Dios, pero buscar que las personas me sigan a mí y no a Él.

Incluso un sacerdote puede caer en ese riesgo: convertir su ministerio en una búsqueda de reconocimiento personal en lugar de conducir a las personas hacia Dios.

Y ese mismo peligro puede presentarse en cualquier corazón.

Cuando Dios deja de ocupar el primer lugar y ponemos allí personas, proyectos o cosas, todo comienza a desordenarse.

Jesús no nos está diciendo que odiemos a nuestra familia o que dejemos de amar a quienes nos rodean.

La pregunta es otra:

¿Quién ocupa el primer lugar en nuestro corazón?

San Agustín lo expresó con una frase que siempre me ha parecido muy hermosa:

«Ama a quien te ha engendrado, pero no más que a quien te ha creado.»

Hoy, al concluir este discurso de la misión, pidámosle al Señor que haga realidad en nosotros este primer mandamiento.

Que aprendamos a amarlo por encima de todas las cosas.

Que ese amor sea el centro de nuestra vida y también el mensaje que transmitamos a los demás.

Dios no nos pide este amor por egoísmo.

Es una hermosa paradoja: cuanto más amamos a Dios, mejor aprendemos a amarnos a nosotros mismos, a amar a los demás y a cuidar el mundo que Él nos ha regalado.

Que este domingo el Señor nos conceda ese don: amarlo sobre todas las cosas y, desde ese amor, aprender a amar al prójimo como Él nos ama.

Feliz domingo. Dios te bendiga.

Pbro. Víctor Hugo García Anaya 27 de junio de 2026
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