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Conocer a Dios

Reflexión del XIV Domingo del Tiempo Ordinario – 5 de julio de 2026
5 de julio de 2026 por
Pbro. Víctor Hugo García Anaya

El domingo pasado terminábamos el Sermón de la Misión. Recordemos que son cinco los grandes sermones que componen el Evangelio según san Mateo. Antes de comenzar la Cuaresma leímos el Sermón de la Montaña; ahora hemos terminado el Sermón de la Misión y, mientras comenzamos el siguiente, que será el Sermón de las Parábolas, escuchamos este texto que sirve como enlace entre ambos.

En el Evangelio de hoy hay tres puntos importantes. Comenzaré hablando del primero y del tercero.

Jesús nos enseña a relacionarnos con el Padre

En primer lugar, contemplamos la oración de Jesús.

Los evangelistas nos presentan continuamente a un Jesús que ora, a un Jesús que vive una relación íntima con el Padre. Sin embargo, pocas veces conocemos el contenido de esa oración. Hoy sí podemos escuchar qué hay en la oración de Jesús.

En la última parte del Evangelio encontramos también una invitación: «Vengan a mí y aprendan de mí».

Es la invitación de Cristo a ser discípulos suyos; discípulos que ponen el corazón y el oído en el Maestro y se dejan conducir por Él.

Pero, entre estos dos momentos, encontramos algo que se vuelve clave, no solamente para comprender el Evangelio de hoy, sino también para enlazarlo con lo que escuchábamos la semana pasada.

¿Cómo podemos amar a Dios si no lo conocemos?

Cristo nos habla de la necesidad de conocer al Padre:

«Nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».

La semana pasada reflexionábamos sobre una parte muy importante de la tarea misionera de la Iglesia: pedir, invitar y animar a las personas a que vuelvan a amar a Dios.

Pero entonces surge una pregunta:

¿Cómo vamos a amar a Dios si no lo conocemos?

Ahí encontramos la centralidad del Evangelio de hoy.

Cristo, por supuesto, viene a invitarnos a amar al Padre con todo el corazón. Pero, para llegar a ese amor, necesitamos primero conocerlo.

El texto presenta un contraste con aquellos que, en la época de Jesús, decían conocer a Dios: los escribas, los fariseos, los maestros de la Ley y los sumos sacerdotes.

Eran personas que, en teoría, conocían a Dios. Conocían la Ley, conocían la Palabra y conocían la ley de Moisés.

Pero debemos tener cuidado, porque conocer cosas de una persona no significa necesariamente conocer a esa persona.

Saber cosas de Dios no es lo mismo que conocerlo

Hoy podemos comprenderlo fácilmente a través de las redes sociales.

Creemos que conocemos a una persona porque sabemos cosas de ella: sabemos que viaja, qué come o dónde está. Podemos tener mucha información sobre alguien, pero eso no significa que verdaderamente lo conozcamos.

Algo parecido sucedía con algunos personajes de la época de Jesús. Sabían cosas de Dios, pero no se relacionaban con Él.

Y esto tiene consecuencias.

Si no tienes un conocimiento verdadero de Dios, si no existe una relación profunda con Él, ¿qué vas a transmitir? ¿Qué vas a amar?

Esto no solamente afecta a quien vive una fe basada únicamente en conocimientos. También afecta a las personas a quienes quiere comunicarles la grandeza de Dios.

Por eso Jesús nos dice:

«Vengan y aprendan de mí».

Aprendan de mí a relacionarse con el Padre.

La oración nos permite conocer a Dios

Una de las primeras cosas necesarias para relacionarnos con el Padre es orar.

Orar con el corazón. Abrirle nuestro corazón a Dios. Permitir que Él sea protagonista de cada día y ocupe un lugar importante en nuestra vida.

Hablarle de tú a tú, con el corazón abierto, y permitir también que Él nos hable.

Cuando existe esta relación profunda entre Dios y nosotros, cambia nuestra manera de vivir la fe. Ya no la vivimos solamente desde lo que creemos que Dios es, sino desde la experiencia de encontrarnos con Él.

Entonces conocemos al Dios que ama.

Al Dios que perdona.

Al Dios que escucha.

Al Dios que se acerca.

Al Dios que está pendiente de nosotros.

No basta saber cosas de Dios

Por eso, el Evangelio de este domingo es tan importante para quienes queremos ser discípulos de Jesús.

No basta saber cosas de Dios. Necesitamos conocerlo.

Necesitamos conocerlo para amarlo y, al amarlo, vivir una relación distinta con Él.

Solo así podremos transmitir a los demás no únicamente conocimientos acerca de Dios, sino la importancia de encontrarnos con Él y permitir que camine con nosotros.

Que este domingo nos recuerde a todos la importancia de conocer a Dios.

Para amar a Dios no basta saber cosas acerca de Él. Es necesario sentarnos con Él, encontrarnos con Él y caminar con Él.

Y, caminando a su lado, podremos descubrir el verdadero sentido de nuestra fe:

una fe que libera, que sana, que cuida y que acompaña.

Así podremos convertirnos también en instrumentos de salvación y compartir esta experiencia con quienes están a nuestro alrededor.

¡Ánimo! Feliz domingo. Dios te bendiga.

Pbro. Víctor Hugo García Anaya 5 de julio de 2026
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