Estamos en el quinto domingo del tiempo de Pascua. Seguimos avanzando en estas grandes fiestas pascuales, que tocan profundamente la vida de quienes somos discípulos de Jesús.
Nuestro Maestro está vivo, y lejos de apagarse, la fuerza de la resurrección se aviva cada vez más en nuestra vida.
Nos vamos preparando para el final de este tiempo con dos grandes solemnidades: la Ascensión del Señor y Pentecostés. Y aunque estas celebraciones marcan el cierre del tiempo pascual, sabemos que la presencia de Cristo resucitado no termina. Él sigue marcando nuestro ritmo y nuestra vida como discípulos suyos.
En estos domingos, la Iglesia nos presenta parte del discurso de despedida de Jesús durante la Última Cena. Un momento profundamente significativo en el que tienen lugar acontecimientos centrales: la institución de la Eucaristía, del sacerdocio, el mandamiento del amor y el gesto del lavatorio de los pies.
En medio de todo esto, san Juan nos transmite palabras de Jesús que son auténticas revelaciones.
Una de ellas es su profunda conciencia de identidad:
Jesús sabe que Dios es su Padre, que viene de Él y que a Él volverá.
Esta certeza marca toda su vida.
El saber de dónde viene y hacia dónde va le permite vivir su misión con claridad, sin dejarse atrapar por el poder o el dinero. Recordemos cómo es tentado: se le ofrecen reinos, reconocimiento, dominio… pero Jesús sabe que ese no es el camino.
Su deseo es volver al Padre.
Y desde esa búsqueda, entiende que toda su vida consiste en caminar hacia Él… y enseñarnos a nosotros cómo hacerlo.
Esto es clave para nuestra vida cristiana.
Cuando nosotros perdemos de vista que somos de Dios y que a Él volvemos, fácilmente nos desviamos hacia cosas que no son lo esencial. Y no solo nos desviamos: muchas veces terminamos heridos, vacíos o perdidos, porque buscamos donde no está la verdadera vida.
Por eso, este domingo nos confronta con una pregunta muy concreta:
¿Qué estás buscando?
Ojalá que nuestra búsqueda sea Dios.
Porque cuando buscamos a Dios, cuando deseamos volver a Él, nuestra vida comienza a ordenarse de otra manera. Nuestras decisiones cambian, nuestras prioridades se transforman, y nuestras búsquedas se vuelven más profundas.
Pidámosle al Señor que tengamos esa claridad que tuvo Jesús:
De Dios venimos… y a Él volvemos.
Y en ese camino, hagamos todo lo posible por regresar a Él.
El Señor mismo nos ha mostrado el camino:
“Yo soy el camino, la verdad y la vida”.
Que nuestra búsqueda de Dios nos lleve a seguir a Jesús como camino, a encontrar en Él la verdad, y a llenarnos de la vida que solo Él puede dar.
Una vida que estamos llamados no solo a recibir, sino también a compartir en un mundo que tantas veces experimenta la ausencia de esperanza.
Y para cerrar, hagamos nuestras las palabras de san Agustín:
“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”.
Que este sea también nuestro estilo de vida: buscar a Dios, seguirlo… y, siguiéndolo, llegar a Él.
Feliz domingo. Dios te bendiga.