Continuamos con el Sermón de las Parábolas, que comenzamos la semana pasada. Recordemos que las parábolas son la forma tan particular que Jesús tiene de enseñar. Basta escuchar una parábola para reconocer inmediatamente al Maestro.
Pero, además, las parábolas tienen un propósito muy concreto: ayudarnos a comprender qué significa construir el Reino de Dios.
La semana pasada reflexionábamos que el Reino no es un lugar físico, sino un proyecto: el proyecto de que Dios reine en el corazón de todos los seres humanos para hacer posible una humanidad nueva.
Las parábolas que escuchamos hoy continúan desarrollando esta misma enseñanza.
El trigo y la cizaña: dos maneras de vivir
El Evangelio nos presenta tres parábolas: la del trigo y la cizaña, la del grano de mostaza y la de la levadura en la masa.
Jesús explica únicamente la primera, como también hizo la semana pasada con la parábola del sembrador.
En ella nos habla de dos realidades muy claras: el sembrador que planta la buena semilla y el enemigo que siembra la mala.
Hay un detalle muy importante. Ambas semillas se parecen.
Mientras van creciendo, resulta difícil distinguirlas. Parecen iguales, pero no lo son. La diferencia aparece en el fruto.
El trigo produce el grano que después se convierte en el pan que alimenta.
La cizaña, en cambio, produce un fruto rojizo que es venenoso. Tiene apariencia de ser buena, pero en realidad termina haciendo daño.
Por eso Jesús explica:
«La buena semilla son los partidarios del Reino; la mala semilla son los partidarios del maligno.»
Aquí aparece una pregunta que cada uno debe hacerse con sinceridad:
¿De qué lado estoy?
- ¿Del lado del trigo o del lado de la cizaña?
- ¿Del lado de aquello que alimenta y da vida o del lado de aquello que termina destruyendo?
No basta parecer buenos
Creo que esta parábola toca una realidad muy profunda de nuestra vida cristiana.
Tenemos que definirnos.
- No podemos vivir una fe solamente de apariencias.
- No estamos llamados a parecer buenos cristianos.
- Estamos llamados a ser buena semilla.
- Ser verdaderos partidarios del Reino de Dios.
San Juan expresará esta misma enseñanza utilizando otra imagen: ser hijos de la luz o hijos de las tinieblas.
Quienes hemos recibido la luz de Cristo en el Bautismo no podemos vivir del lado de la oscuridad.
Estamos llamados a convertirnos en signos del Reino, llevando vida, reconciliación, amor y esperanza a quienes nos rodean.
El Reino comienza con lo pequeño
Las otras dos parábolas ayudan a comprender todavía mejor esta enseñanza.
Jesús nos recuerda que el Reino suele comenzar desde lo pequeño.
Un grano de mostaza parece insignificante y, sin embargo, termina convirtiéndose en un gran arbusto.
Lo mismo sucede con la levadura. No hace falta una gran cantidad para transformar toda la masa.
Así ocurre también con nuestra vida. No siempre se necesitan acciones extraordinarias para construir el Reino de Dios.
- Muchas veces basta una sonrisa.
- Una llamada telefónica.
- Una palabra de aliento.
- Un gesto de ayuda.
- Una mano tendida.
Desde esas pequeñas acciones, realizadas con amor, Dios transforma el mundo.
Del mismo modo que demasiada levadura puede echar a perder la masa, también nosotros debemos aprender que el Reino no se construye desde el protagonismo o la exageración, sino desde la sencillez del Evangelio.
Ser buena semilla para el mundo
Hoy Jesús nos recuerda que hemos sido llamados por Él.
Hemos sido bautizados. Hemos sido iluminados por Cristo.
Y todo ello no para aparentar ser buena semilla, sino para serlo verdaderamente.
Para convertirnos en personas que alimentan la esperanza. Que ayudan a reconciliar. Que construyen el bien. Que hacen presente el Reino de Dios allí donde viven.
Solo así este mundo podrá ser cada vez mejor y nosotros podremos disponernos para participar plenamente del Reino definitivo en la vida eterna.
Pidamos al Señor que fortalezca nuestra fe y nos conceda la gracia de ser siempre trigo bueno en medio del mundo.