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Denles ustedes de comer

Reflexión del XVIII Domingo del Tiempo Ordinario – 2 de agosto de 2026
1 de agosto de 2026 por
Pbro. Víctor Hugo García Anaya

Una voz que defiende a los pequeños

Antes de meditar este Evangelio, conviene considerar un antecedente muy importante.

San Mateo nos dice que Juan el Bautista ha sido asesinado. Ha entregado la vida en el martirio y Jesús recibe la noticia de su muerte.

Este dato no aparece solamente para ubicar el relato dentro de un contexto. Tiene un significado mucho más profundo.

Juan el Bautista fue la voz que clamaba en el desierto y preparaba el camino del Señor. Pero también fue una voz que se levantó en defensa de los pobres, de los oprimidos y de quienes sufrían injusticia.

Precisamente por denunciar el mal y defender la verdad terminó encarcelado y después fue martirizado.

Ahora que esa voz ha sido silenciada, Jesús asume todavía con mayor fuerza la misión de anunciar el Reino.

El Reino de Dios significa que Dios reine en el corazón de todos los seres humanos. Pero quien quiere hacerlo presente también debe levantar la voz en favor de los pequeños y de los más desfavorecidos.

No podemos anunciar el Reino si contemplamos el sufrimiento desde lejos, como simples espectadores.

Estamos llamados a hacer cuanto esté en nuestras manos para construir un mundo donde se vivan la justicia y una verdadera fraternidad.

Jesús se compadece de la multitud

Después de la muerte de Juan el Bautista, mucha gente continúa siguiendo a Jesús. Lo busca llevando consigo a sus enfermos y sus necesidades.

El Evangelio nos dice que Jesús, al verlos, se compadece de ellos.

No es la primera vez que aparece la compasión de Cristo. Jesús no mira el dolor humano con indiferencia. Se deja tocar profundamente por la realidad de las personas.

Cae la tarde y la multitud no ha comido.

El alimento es una necesidad fundamental, pero también puede convertirse en un signo concreto de amor. Cuando queremos a alguien, nos preocupamos por su bienestar:

¿Ya comiste? ¿Qué vas a comer?

Los discípulos parecen querer desentenderse del problema. Su propuesta es despedir a la gente para que cada uno busque alimento por su cuenta.

Pero Jesús les da una orden muy clara:

«Denles ustedes de comer».

La misión de la comunidad cristiana

Esta expresión contiene una tarea fundamental para toda comunidad cristiana.

Si queremos continuar la obra de Jesús y anunciar su Reino, no podemos apartarnos ante la pobreza y la necesidad de nuestros hermanos.

Gracias a Dios, la Iglesia tiene muy claro este servicio y lo realiza de distintas maneras, poniéndose al lado de los pobres, los enfermos y los desvalidos.

Sin embargo, esta responsabilidad no corresponde solamente a una institución o a un grupo.

Todos tenemos algo que compartir y continuamente encontramos oportunidades para hacerlo.

Cuántas personas pobres aparecen en nuestro camino. Y no se trata únicamente de la pobreza económica o de la falta de alimento.

Existen muchas otras pobrezas:

  • La soledad.
  • La enfermedad.
  • La falta de compañía.
  • La tristeza.
  • La necesidad de ser escuchados.

Muchas veces no queremos acercarnos ni atender estas realidades. Pero esa indiferencia no corresponde a quienes desean ser partidarios del Reino de Dios.

Compartir lo poco que tenemos

Jesús vuelve a decirnos:

«Denles ustedes de comer».

Es como si añadiera:

Ustedes construyen el Reino conmigo. Acérquense a las necesidades de sus hermanos y hagan algo por ellos.

Para responder a este llamado no hacen falta grandes recursos.

En el Evangelio, alguien reconoce que solamente hay cinco panes y dos peces. Parece muy poco frente a una multitud tan grande.

Pero lo importante es ponerlo en común.

Tal vez no tengamos mucho que ofrecer. Sin embargo, lo poco que podamos dar debemos compartirlo.

Dios se encargará de multiplicarlo.

  • Una palabra.
  • Un alimento.
  • Un poco de tiempo.
  • Una visita.
  • Una escucha atenta.

Cuando entregamos con generosidad lo que tenemos, Dios puede convertirlo en un signo de su providencia.

La Eucaristía, alimento del Reino

El Evangelio nos dice que Jesús toma los panes, pronuncia la bendición, los parte y los entrega.

Este gesto nos remite inmediatamente al misterio de la Eucaristía.

La Eucaristía es el alimento que se parte y se comparte. Es la mesa común en la que Cristo se entrega para alimentar a su pueblo.

Por eso podemos decir que la Eucaristía es el alimento del Reino.

En ella recibimos la fuerza necesaria para convertirnos en constructores del Reino de Dios.

No nos acercamos a la mesa del Señor para permanecer indiferentes ante las necesidades del mundo. Nos alimentamos de Cristo para aprender a compartir, servir y vivir como verdaderos hermanos.

Compasión, compartir y Eucaristía

Quisiera terminar esta reflexión recordando unas palabras del papa Francisco:

«Compasión, compartir, Eucaristía: este es el camino que Jesús nos indica en este Evangelio».

Es un camino que nos lleva a afrontar con fraternidad las necesidades de este mundo, pero también nos conduce más allá de él, porque nace de Dios Padre y vuelve a Él.

Que la Virgen María, Madre de la Divina Providencia, nos acompañe en este camino.

Pidamos al Señor que seamos una Iglesia que anuncia el Reino, defiende a los pobres, se compadece de quienes sufren y comparte el alimento con quienes lo necesitan.

Y que desde la Eucaristía, nuestra mesa común, aprendamos a compartir la alegría de reconocernos todos como hermanos.

¡Feliz domingo!

Que Dios te bendiga.

Pbro. Víctor Hugo García Anaya 1 de agosto de 2026
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