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El amor que transforma la comunidad

Reflexión del VI Domingo de Pascua – 10 de mayo de 2026
8 de mayo de 2026 por
Pbro. Víctor Hugo García Anaya

Hoy, en este Día de las Madres, hemos escuchado un texto que prácticamente es un resumen de lo que Jesús quiere que sea su nueva comunidad.

Estamos escuchando parte del discurso de despedida que Jesús realiza en la Última Cena. Después del lavatorio de los pies y del mandamiento del amor, viene este discurso en el que aparecen tres ideas fundamentales.

Primero: Jesús se va, pero su obra continúa a través de la Iglesia.

Segundo: para ello es necesario el Espíritu Santo, que nos recordará todas las enseñanzas de Jesús.

Y tercero: la vivencia del amor.

“Quien me ama…”, dice hoy Jesús. Y no se trata solo de un sentimiento, sino de un acto de voluntad: aceptar a Cristo en el corazón y en la vida.

Estos tres elementos forman, según san Juan, la dinámica de la nueva comunidad que Cristo quiere fundar, esta comunidad que es semilla de una realidad nueva.

Por eso, estos elementos siguen siendo fundamentales para nosotros. Aunque el Señor se ha ido, nosotros estamos aquí para continuar su acción, porque el mundo sigue necesitando su presencia salvadora, su Palabra que transforma. Y para eso está la comunidad cristiana.

Ojalá que vayamos asumiendo este compromiso que recibimos desde el bautismo.

Pero para lograr esta transformación necesitamos, especialmente, dos cosas:

la fuerza del Espíritu Santo y la vivencia del amor.

Vivimos en un mundo donde hay una lucha constante: entre la vida y la muerte, entre el amor y el odio, entre la paz y la violencia. Basta salir de casa —y a veces ni siquiera salir— para ver cuánta violencia hay.

Por eso necesitamos al Espíritu Santo, para que no solo nos recuerde las palabras de Jesús, sino que nos fortalezca, para que no seamos solo transmisores de su mensaje, sino testigos con la vida de que se puede vivir de una manera distinta.

Y esa manera distinta es el amor.

Un amor que se traduce en servicio a los demás.

Hoy, al celebrar el Día de las Madres, encontramos un ejemplo muy concreto de esto.

¿Cuántas veces una mamá cambia nuestro día?

Después de una jornada difícil o de una situación complicada, sabemos que al llegar a casa encontraremos un apapacho, una palabra, un plato de comida… y todo cambia. Estamos en casa.

Eso es lo que estamos llamados a ser como cristianos: en medio de un mundo hostil, ser presencia de consuelo, de cercanía, de amor que transforma.

Con la fuerza del Espíritu Santo y convencidos del amor de Cristo, estamos llamados a renovar este mundo.

Por eso necesitamos un nuevo Pentecostés.

Pidamos al Señor que, en estas próximas fiestas, su presencia salvadora —que sube al cielo para enviarnos el Espíritu Santo— reavive en nosotros el deseo de ser signos de amor, como lo hemos aprendido de Él, de la Virgen María y de nuestras propias madres.

Quiero terminar recordando unas palabras de san Juan Pablo II. En 1995, con motivo de la Conferencia Mundial sobre la Mujer en Pekín, escribió una carta muy hermosa a las mujeres. En ella dice:

“Te doy gracias, mujer, madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única; la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento y punto de referencia en el camino de la vida.”

Gracias, mamás, por todo lo que nos han dado, por lo que nos dan y por lo que nos seguirán dando.

No dejemos de aprender de ustedes, especialmente el amor que transforma.

Felicidades a todas las mamás.

Un abrazo a cada una.

Y que, unidos a Cristo, con el amor, podamos transformar nuestra historia.

Feliz domingo.

Pbro. Víctor Hugo García Anaya 8 de mayo de 2026
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