Hace algunas semanas, durante la celebración de la Santa Misa, al concluir el Sermón de la Misión —recordemos que es el segundo de los cinco grandes sermones del Evangelio según san Mateo—, hacía una pregunta a la comunidad:
¿Qué es lo que anuncia la Iglesia?
Escuché muchas respuestas: el amor, la verdad, la esperanza... Todas ellas son correctas. Sin embargo, hubo dos personas que respondieron con una sola expresión:
"El Reino de Dios."
Y tenían toda la razón.
Cristo vino a anunciar y a hacer presente el Reino de Dios. Esa había sido ya una esperanza anunciada por los profetas, quienes hablaban de la necesidad de que Dios reinara en el corazón de las personas para que, desde ahí, el mundo entero fuera renovado por su presencia.
Jesús asume plenamente esta misión. Por eso, a lo largo del Evangelio, lo escuchamos hablar constantemente del Reino de Dios o del Reino de los Cielos.
¿Y qué significa esto?
Significa precisamente que Dios reine en el corazón del ser humano.
Si observamos los domingos anteriores, veremos que todos los sermones siguen esa misma línea.
El Reino de Dios nos presenta una nueva manera de vivir; por eso encontramos las Bienaventuranzas en el Sermón de la Montaña. Después, esa Buena Nueva debe ser anunciada y compartida; por eso viene el Sermón de la Misión.
Ahora comenzamos el Sermón de las Parábolas, en el que Jesús nos ayuda a comprender qué es realmente el Reino de Dios.
Es interesante notar que Cristo nunca ofrece una definición teórica del Reino. En cambio, lo describe. Nos muestra sus características por medio de imágenes tomadas de la vida cotidiana.
Las parábolas.
Las parábolas son una forma muy particular de enseñar de Jesús. Parten de experiencias sencillas que cualquiera puede comprender, pero detrás de ellas esconden una enseñanza mucho más profunda.
Hoy escuchamos la primera de estas parábolas: la parábola del sembrador.
Es una parábola que el mismo Jesús explica a sus discípulos, por lo que no resulta necesario detenernos en todos sus detalles. Sin embargo, sí conviene subrayar algunos aspectos.
La semilla representa la Palabra de Dios, la presencia misma de Cristo que el Padre siembra con amor en el corazón de cada persona.
El campo somos nosotros.
Y precisamente ahí aparece una enseñanza que merece toda nuestra atención.
Cuando los discípulos preguntan por el significado de la parábola, Jesús retoma unas palabras del profeta Isaías:
"Tienen ojos y no ven; tienen oídos y no oyen, porque han endurecido su corazón."
La semilla ha sido sembrada. El Padre no deja de sembrarla.
Entonces, ¿por qué tantas veces parece que no da fruto?
¿Por qué, en ocasiones, parece secarse antes de crecer?
La dureza del corazón.
Un corazón endurecido se parece a una tierra seca e incapaz de recibir la semilla.
La semilla está ahí, pero no puede penetrar.
Por eso necesitamos permitir que Dios ablande nuestro corazón, del mismo modo que la tierra necesita prepararse antes de recibir la semilla.
Solo así la Palabra podrá echar raíces y dar el fruto que el Señor espera.
Pidámosle hoy al Espíritu Santo que actúe en nosotros.
Que así como en Pentecostés transformó profundamente el corazón de los apóstoles, también hoy transforme el nuestro.
Que prepare nuestra tierra para recibir la semilla que el Padre siembra constantemente, que es Cristo mismo.
Y que, acogiendo esa Palabra, el Reino de Dios se haga una realidad en nuestra vida.
¿Cómo? Viviendo el Evangelio cada día. Permitiendo que la Palabra dé fruto en nosotros.
Convirtiéndonos en signos vivos de la presencia de Dios, una presencia que da vida, renueva todas las cosas y hace florecer nuevamente el corazón humano.
¡Ánimo! Feliz domingo. Que Dios te bendiga.