Durante las últimas semanas hemos contemplado una serie de milagros realizados por Jesús que nos ayudan a comprender una realidad fundamental: el Reino de Dios ya está entre nosotros.
Cristo viene a instaurar ese Reino y, por eso, uno de los grandes temas del Evangelio según san Mateo es precisamente la misión.
Jesús es el gran misionero del Reino, pero esta tarea no termina en Él. También nosotros estamos llamados a convertirnos en misioneros y anunciar el Reino de Dios.
Un milagro que transforma la misión
Hace dos semanas escuchábamos el relato de la multiplicación de los panes. La semana pasada contemplábamos a Cristo caminando sobre las aguas.
Hoy aparece otro milagro, uno especialmente trascendente para comprender el sentido de la misión de Jesús: la curación de la hija de una mujer cananea.
Para entender la importancia de este encuentro debemos situarnos en el contexto. San Mateo nos dice que se acerca a Jesús una mujer pagana. Desde ahí encontramos ya una enorme dificultad.
Era mujer y era pagana.
Jesús era judío y, como tal, vivía dentro de unas normas y una manera determinada de relacionarse con los demás. El acercamiento con una persona pagana ya era complicado; mucho más tratándose de una mujer. Pero ella se acerca. Como tantas madres preocupadas por sus hijos, no tiene miedo. Su preocupación por su hija es mayor que cualquier barrera que pudiera encontrar.
Se acerca a Jesús y le pide que la cure.
La tenacidad de una madre
Entonces ocurre algo que puede resultar difícil de comprender desde nuestra manera actual de pensar.
Jesús responde utilizando una expresión propia de la cultura de su tiempo. Los judíos se referían despectivamente a los paganos como perros.
Por eso Jesús le dice:
«No está bien echar a los perros el pan de los hijos».
Pero aquella mujer no se marcha. No responde con violencia. No abandona su petición. Con una enorme humildad y, al mismo tiempo, con una extraordinaria tenacidad, responde:
«También los perros comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos».
¡Qué grande esta mujer! Su respuesta abre una posibilidad nueva.
Un doble milagro
Por eso podemos hablar de un doble milagro.
El primero es evidente: la hija de aquella mujer queda liberada del maligno.
Pero ocurre también otro milagro. Este encuentro transforma la manera de comprender la misión.
Recordemos que, al comenzar el Sermón de la Misión, Jesús había dicho a sus apóstoles:
«Vayan a las ovejas perdidas de la casa de Israel».
La misión estaba dirigida, en principio, al pueblo de Israel. Sin embargo, el encuentro con esta mujer muestra que el anuncio del Reino no puede quedarse encerrado dentro de unas fronteras.
El mensaje del Evangelio es para todos. La misión es universal.
Aquella mujer, con su perseverancia, su humildad y el amor por su hija, ayuda a mostrar que nadie puede quedar excluido de la salvación que Dios ofrece.
Ese es también el milagro que contemplamos hoy: la universalidad del Evangelio.
Jesús también escucha
Hay algo más que podemos aprender de este encuentro. Jesús escucha. No permanece encerrado en una postura diciendo: «Esto es así y no me importa nada más». Escucha a aquella mujer.
Y cuando escucha, también actúa desde la humildad y abre la misión a todos.
Esto resulta profundamente importante para nosotros. Muchas veces pensamos que escuchar significa simplemente guardar silencio mientras otra persona habla. Pero escuchar verdaderamente implica permitir que aquello que el otro nos dice toque nuestro corazón.
La mujer cananea tuvo la valentía de hablar desde lo más profundo de su amor de madre. Jesús tuvo la capacidad de escucharla. Y de ese encuentro surgió algo nuevo.
Hablar y escuchar desde el corazón
Quizá esta sea una de las grandes enseñanzas que podemos llevarnos del Evangelio de este domingo.
Aprendamos de aquella mujer. Aprendamos de su perseverancia, de su humildad y de su capacidad para expresar aquello que llevaba en el corazón.
Pero aprendamos también de Jesús.
- Aprendamos a no cerrarnos.
- A escuchar verdaderamente.
- A permitir que la realidad de nuestros hermanos toque nuestra vida.
En nuestras familias, en nuestras comunidades y en nuestra sociedad necesitamos aprender nuevamente a hablar y escuchar desde el corazón.
Porque cuando hablamos desde el corazón podemos encontrarnos verdaderamente con el otro.
Y cuando escuchamos desde el corazón, suceden milagros.
¡Ánimo! Feliz domingo.
Un abrazo. Dios te bendiga.