Seguimos profundizando en una idea fundamental del Evangelio según san Mateo: Cristo viene a instaurar el Reino de Dios. Su presencia entre nosotros es signo de que ese Reino ya está aquí y ha comenzado a hacerse presente en nuestra historia.
Un Reino que ya anunciaban los profetas
La idea del Reino no comienza propiamente con Jesús. Ya estaba presente en el Antiguo Testamento, particularmente en el mensaje de los profetas. Ellos vivieron en medio de monarquías en las que muchos reyes utilizaron su poder para someter al pueblo, aprovecharse de él y enriquecerse. Frente a esa experiencia, los profetas plantearon una esperanza distinta: ¿qué pasaría si, en lugar de permitir que nuestra vida fuera gobernada únicamente por los intereses humanos, dejáramos que fuera Dios quien reinara en nuestro corazón?
La propuesta era profundamente transformadora. Si Dios reina verdaderamente en el corazón del ser humano, entonces nuestra manera de relacionarnos tendría que estar marcada por la justicia, el amor y la paz. Jesús recoge y lleva a plenitud esta esperanza. Cuando habla del Reino de Dios, habla precisamente de estas realidades y las hace visibles con sus palabras y sus acciones.
Los milagros son una expresión muy concreta de ello. Jesús cura, sana y atiende las heridas de las personas porque el Reino es un no rotundo al sufrimiento del ser humano. Dios no quiere nuestro sufrimiento. El anuncio del Reino es, por tanto, el anuncio de una vida plena que comienza con la llegada del Mesías Salvador y que alcanzará su plenitud definitiva en la vida eterna.
Cuando el Reino resulta incómodo
Sin embargo, este anuncio nunca ha sido sencillo. Los mismos profetas no siempre salieron bien librados al proclamar el Reino. Apenas ayer celebrábamos el martirio de Juan el Bautista, otro hombre que asumió la misión de anunciarlo y que tuvo que afrontar las consecuencias de hacerlo.
Quienes proclaman el Reino y denuncian aquello que se opone a la justicia terminan convirtiéndose muchas veces en personajes incómodos. Algunos encuentran esperanza en sus palabras, los escuchan y los siguen; otros, en cambio, comienzan a rechazarlos e incluso buscan la manera de silenciarlos.
Jesús empieza a comprender que Él también tendrá que recorrer ese camino. Conoce lo que sucedió con los profetas y sabe lo que ha ocurrido con Juan el Bautista. Por eso, en el Evangelio de este domingo, anuncia a sus discípulos su Pasión. Sabe que vendrá un cáliz difícil, que habrá sufrimiento y que tendrá que atravesar la dureza de la cruz.
Podríamos decir que Jesús anuncia la crisis del Reino. En otro momento recordará las palabras del profeta: «Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas». Sin embargo, Jesús también sabe algo fundamental: el Padre está con Él. Confía en que Dios tiene en sus manos los destinos de la historia y, sostenido por esa certeza, continúa adelante con su misión.
La reacción de Pedro
Ante este anuncio aparece una actitud de Pedro en la que probablemente podemos reconocernos. Nos gusta hablar de paz, de justicia y de amor. Nos parece muy bien defender estos valores mientras permanecen en el terreno de las ideas; pero cuando llega el momento de vivirlos y asumir sus consecuencias, nuestra reacción puede ser muy diferente.
Eso sucede con Pedro. Cuando escucha a Jesús hablar de lo que tendrá que sufrir, prácticamente le dice: «Eso no te puede pasar a ti». Quizá nuestro hermano Pedro no entiende cómo puede llegar una crisis si la gente sigue a Jesús, lo escucha y lo quiere. Los mismos discípulos han comenzado incluso a preguntarse quién será el más importante entre ellos. Parecería que el proyecto avanza y que también ellos tendrán un lugar privilegiado.
Por eso Jesús tiene que poner a Pedro nuevamente en su lugar. No es Pedro quien marca el ritmo ni quien decide por dónde debe avanzar el camino.
«Ponte detrás de mí»
Las palabras de Jesús a Pedro pueden parecernos muy duras si las entendemos simplemente como una orden para que se quite de su presencia. Pero podemos descubrir en ellas algo más profundo: Jesús no está diciéndole únicamente que se aparte; le está recordando cuál es el lugar del discípulo.
Es como si le dijera: «Quítate de enfrente y ponte detrás de mí. Yo voy delante. Tú escúchame y sígueme».
Pedro había intentado colocarse delante de Jesús para decirle por dónde debía caminar. Cristo le recuerda que la lógica del discipulado funciona exactamente al revés. No somos nosotros quienes trazamos el camino para después pedirle a Jesús que nos acompañe. Es Él quien va delante y nosotros quienes aprendemos a caminar detrás de sus pasos.
Pedro finalmente lo seguirá. Pero antes tendrá que comprender que no es él quien decide cuál debe ser el camino del Reino. Y aunque ese camino atraviese el sufrimiento y la crisis, Dios seguirá estando presente.
La crisis no tiene la última palabra
Hay algo muy interesante en las crisis. Pueden llevarnos a momentos verdaderamente difíciles, como si nuestra vida llegara a un nudo que parece imposible desatar. Sin embargo, muchas veces, cuando ese nudo finalmente se libera, aparece algo nuevo.
En el caso de Jesús, después de la crisis del Reino y de la dureza de la cruz vendrá la Resurrección. El sufrimiento no tendrá la última palabra. Llegará la plenitud de la vida.
Esta certeza también puede ayudarnos a comprender nuestras propias dificultades como cristianos. Cuando asumimos de verdad nuestra fe y tratamos de vivir en la paz, trabajar honestamente, respetar a las personas, actuar con justicia o simplemente hacer lo correcto, no siempre encontraremos a todos de nuestro lado. Pensemos incluso en algo tan cotidiano como negarnos a hacer trampa en un examen: vivir con honradez puede tener consecuencias cuando quienes están a nuestro alrededor han elegido otro camino.
No todas las personas estarán dispuestas a vivir la propuesta de honradez, justicia y paz que nace del Reino. Y entonces también nosotros podemos sentir miedo.
Jesús va delante
Ante esos momentos, el Evangelio de este domingo nos invita a hacer lo mismo que Pedro tuvo que aprender: volver a colocarnos detrás de Jesús.
Estamos convencidos de que el camino de la justicia, el amor y la paz es el camino que debemos recorrer. Y podemos hacerlo porque sabemos que Dios nos acompaña. Este es el proyecto del Padre que se nos ha manifestado en Cristo.
Por eso, aun cuando sintamos miedo ante las consecuencias de vivir nuestra fe, mantengamos la mirada puesta en el Señor Jesús. Caminemos detrás de Él, escuchándolo y siguiéndolo, sabiendo que Él es el primero que va por delante. Si Cristo ha recorrido ese camino, también nosotros, unidos a Él, podremos convertirnos en anunciadores del Reino.
Pidamos al Señor que nos conceda su gracia para no tener miedo a las crisis y que, confiando en Dios, podamos seguir adelante haciendo lo mejor que esté en nuestras manos para que su Reino de justicia, amor y paz se haga cada día más presente entre nosotros.
¡Feliz domingo! Feliz semana. Un abrazo. Dios te bendiga.