Ir al contenido

Quédate con nosotros

Reflexión del III Domingo de Pascua – 19 de abril de 2026
17 de abril de 2026 por
Pbro. Víctor Hugo García Anaya

“¿De qué cosas vienen hablando tan llenos de tristeza?”

Esta es la pregunta que Jesús dirige a los dos discípulos que van de camino hacia Emaús. En este tercer domingo del tiempo de Pascua, contemplamos este encuentro que ilumina profundamente nuestra vida.

El misterio de la cruz, que hemos vivido intensamente en la Semana Santa, nos revela lo que hay en el corazón del ser humano. Un corazón que muchas veces ha sido herido por el pecado, especialmente por el deseo de controlarlo todo, por la búsqueda del poder.

En la época de Jesús —como también en la nuestra— ese deseo de poder no se limita a lo económico o lo político, sino que alcanza lo social e incluso lo religioso. Un mundo en el que, como tantas veces ocurre, los más pequeños y los más pobres terminan pagando las consecuencias.

En medio de esa realidad, el mensaje de Jesús se levanta como una esperanza. No es solo un discurso, no son solo palabras, sino una vida concreta: una vida que privilegia al necesitado, que tiende la mano, que acompaña, que se hace verdaderamente cercana en medio de las dificultades.

Por eso muchas personas lo seguían. Porque en Él encontraban una esperanza real.

Sin embargo, sabemos que el corazón humano, corrompido por la envidia y el deseo de poder, termina llevando a Jesús a la cruz. Y es ahí donde parece que todo se acaba.

Eso es lo que viven los discípulos de Emaús.

Van de camino llenos de tristeza, de frustración y de desesperanza.

“Nosotros esperábamos tantas cosas… y todo ha terminado”.

Y, sin embargo, ese camino no está vacío.

Jesús, el Resucitado, se acerca y comienza a caminar con ellos.

Este detalle es profundamente significativo: Dios no se queda lejos de nuestra tristeza. Se hace presente en ella, camina a nuestro lado, nos escucha y nos acompaña.

San Lucas nos dice que, mientras caminaban y escuchaban a Jesús explicarles las Escrituras, su corazón ardía. Ese corazón endurecido, ese corazón que puede volverse de piedra, comienza a transformarse cuando dejamos que Cristo camine con nosotros.

Finalmente, lo reconocen en la fracción del pan.

Ahí descubren que no estaban solos.

Hoy, también nosotros podemos encontrarnos en ese camino.

También nosotros, muchas veces, caminamos llenos de tristeza, cargando las consecuencias de un mundo que busca el poder, la satisfacción inmediata y que olvida a Dios.

Pero la Pascua nos da una certeza:

Cristo está vivo… y camina con nosotros.

Por eso, en este tercer domingo de Pascua, podemos hacer nuestra la oración de los discípulos:

“Quédate con nosotros”.

  • Quédate en nuestro camino,
  • quédate en nuestras luchas,
  • quédate en nuestras dudas,
  • y transforma nuestro corazón.

Como decía el Papa Francisco al meditar este pasaje:

Dios camina con nosotros siempre. También en los momentos más difíciles, en los momentos de dolor y de derrota, ahí está el Señor.
  • Esa es nuestra esperanza.
  • Esa es nuestra certeza.
  • Cristo vive y camina con nosotros.
  • Por eso, caminemos con Él…
  • y dejemos que su Palabra toque nuestro corazón.

Feliz domingo.

Dios te bendiga.

Pbro. Víctor Hugo García Anaya 17 de abril de 2026
Compartir esta publicación
Señor mío y Dios mío
Evangelio del Domingo de la Misericordia - 12 de abril de 2026