Hoy celebramos el segundo domingo del tiempo de Pascua, también conocido como el Domingo de la Misericordia. Nos encontramos todavía en la octava de Pascua, ese tiempo en el que la Iglesia no solo celebra, sino contempla profundamente el gran misterio de la resurrección de Cristo.
La Pascua es una fiesta tan grande que no se limita a un solo día. Se prolonga durante ocho días y, más aún, durante cincuenta días, en los que seguimos proclamando que Cristo ha vencido al pecado y a la muerte.
El Evangelio que escuchamos hoy es continuación del relato de la semana pasada. Si entonces se nos narraba lo sucedido la mañana de la resurrección, hoy contemplamos lo que ocurrió esa misma noche, cuando Jesús se apareció a sus discípulos, y también lo que sucedió ocho días después, cuando volvió a manifestarse ante ellos.
Hay un detalle importante: el primer día, Tomás no estaba con la comunidad. Por eso, cuando escucha el testimonio de los demás, expresa su duda:
“Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré”.
Ocho días después, Jesús vuelve a presentarse y le muestra precisamente esas señales. Entonces Tomás cree y hace una de las profesiones de fe más profundas del Evangelio:
“Señor mío y Dios mío”.
Podríamos pensar que Tomás es el único que duda. Sin embargo, si miramos el relato de San Lucas, encontramos un matiz muy interesante: no solo Tomás, sino todos los discípulos dudaban. Pero no dudaban por falta de fe, sino porque lo que estaban viendo era tan grande, tan sorprendente, que no terminaban de creerlo.
El Evangelio dice que no creían… porque estaban llenos de alegría.
Este detalle es muy importante para nuestra vida.
Muchas veces pensamos que la duda es signo de debilidad en la fe. Pero hay momentos en los que lo que Dios hace es tan grande, tan inesperado, que nos cuesta creerlo. No porque no tengamos fe, sino porque estamos asombrados ante lo que Él realiza.
¿Cuántas veces en nuestra vida hemos visto signos, bendiciones, pequeños o grandes milagros… y nos cuesta asimilarlos?
Tomás no está lejos de nosotros.
También nosotros, muchas veces, necesitamos tocar, ver, experimentar para poder creer más profundamente.
Y, sin embargo, cuando reconocemos la acción de Dios, solo nos queda una respuesta:
ponernos de rodillas y decir, como Tomás:
“Señor mío y Dios mío”.
Hoy, además, celebramos el Domingo de la Misericordia, instituido por San Juan Pablo II en el año 2000.
Él mismo, al reflexionar sobre este pasaje, nos recuerda que del corazón traspasado de Cristo brota un flujo constante de amor misericordioso para toda la humanidad.
Ese corazón abierto es fuente de vida, de perdón y de esperanza.
Por eso la invitación es muy concreta:
- Acerquémonos a Cristo como Tomás.
- Acerquémonos a sus heridas.
- Acerquémonos a ese corazón que ha sido traspasado por amor.
- Ahí encontramos refugio.
- Ahí encontramos misericordia.
- Ahí encontramos el amor que restaura nuestra vida.
Y desde esa experiencia, estamos llamados a ser también testigos de ese amor en medio del mundo.
Que cada vez que digamos: “Jesús, en ti confío”, lo hagamos con el corazón abierto, sabiendo que nos acercamos a ese manantial de misericordia que nunca se agota.
Feliz Domingo de la Misericordia.
Un abrazo.