Pedro: profundamente humano
A lo largo de los Evangelios descubrimos a Pedro como un hombre en todo el sentido de la palabra.
Es trabajador, dispuesto y entregado. Tiene grandes virtudes, pero también comete errores, como todos los seres humanos.
Es un hombre fuerte, testarudo y, en ocasiones, difícil de controlar.
Lo vemos, por ejemplo, cuando Jesús anuncia su Pasión. Pedro inmediatamente responde:
«No, Señor. Eso no te puede suceder a ti».
Y Jesús tiene que corregirlo.
Más adelante, durante la Pasión, vuelve a mostrarse seguro de sí mismo:
«Yo daré la vida por ti».
Sin embargo, Jesús le advierte que antes de que cante el gallo lo habrá negado tres veces.
Así es nuestro amigo Pedro.
Un hombre lleno de virtudes, pero también de defectos, debilidades y caídas.
Por eso quizá podemos reconocernos en él. Pedro pone frente a nosotros nuestra propia humanidad.
Jesús camina sobre las aguas
Hoy encontramos a Pedro en una de las escenas más conocidas del Evangelio: Jesús caminando sobre las aguas.
Este relato aparece después de los tres grandes discursos de Jesús que hemos escuchado hasta ahora en el Evangelio según san Mateo: el Sermón de la Montaña, el Sermón de la Misión y el Sermón de las Parábolas.
Poco a poco nos encaminamos hacia el Sermón de la Comunidad.
Entre estos discursos, Mateo nos presenta diferentes acciones de Jesús, muchas de ellas milagros, que nos ayudan a comprender que el Reino de Dios ya está presente entre nosotros.
Podríamos pensar que Jesús camina sobre el agua simplemente para demostrar su poder sobre la naturaleza.
Pero el relato tiene un significado mucho más profundo.
Dios pone límite al mal
En la Sagrada Escritura, el mar y la tempestad aparecen muchas veces como símbolos del caos, del desorden y del mal.
Desde el relato de la creación encontramos esta imagen.
Dios pone límites a las aguas. También los Salmos hablan de un Dios capaz de poner límites al mar.
¿Qué significa esto?
Que Dios tiene poder para poner límite a aquello que hace daño, a aquello que destruye y desordena nuestra vida.
Por eso, cuando san Mateo presenta a Cristo caminando sobre las aguas, está haciendo una afirmación muy importante acerca de Jesús.
Nos está diciendo: miren quién es este hombre. Es verdaderamente Dios.
Cristo puede caminar sobre aquello que para nosotros representa el caos porque el mal no tiene poder sobre Él. Jesús es capaz de dominarlo y ponerle un límite.
Cuando creemos que podemos con todo
Entonces aparece Pedro. Como en otros momentos del Evangelio, Pedro también cree que puede hacerlo:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Y comienza a caminar.
Dios nos ha dado muchas capacidades. Podemos hacer cosas maravillosas y enfrentar grandes dificultades porque Él nos ha concedido dones y medios para hacerlo.
Pero debemos tener cuidado. Cuando creemos que podemos hacerlo todo solos, podemos terminar hundiéndonos. Eso es precisamente lo que le sucede a Pedro. Mientras camina hacia Jesús, siente miedo y comienza a hundirse. Entonces tiene que hacer algo que quizá sea mucho más difícil que caminar sobre las aguas: reconocer que necesita ayuda.
«Señor, sálvame»
Pedro hace un verdadero ejercicio de humildad.
- Ya no presume de su fuerza.
- Ya no intenta demostrar que puede hacerlo.
- Simplemente grita: «¡Señor, sálvame!»
- Y Jesús le tiende la mano.
Creo que ahí encontramos una de las enseñanzas más hermosas del Evangelio de este domingo.
Dios nos ha dado dones, inteligencia, capacidades y fortaleza. Con ellos podemos enfrentar muchas situaciones de nuestra vida.
Pero no podemos con todo. Hay momentos en los que aparecen tempestades que nos superan.
- Una enfermedad.
- La muerte de alguien que amamos.
- Un problema familiar.
- Una dificultad económica.
- Una situación que parece no tener solución.
Podemos intentar mantenernos de pie con nuestras propias fuerzas, pero también nosotros, como Pedro, podemos comenzar a hundirnos.
No podemos con todo, pero no estamos solos
Hoy podemos aprender mucho de nuestro querido Pedro.
Él nos enseña que vale la pena confiar. Que tenemos que reconocer que no somos Dios.
- No tenemos todas las respuestas.
- No podemos controlar todas las circunstancias.
- No podemos resolverlo todo.
- Y reconocerlo no significa fracasar.
- Significa aprender a confiar.
Por eso, cuando sintamos que las dificultades nos superan, hagamos nuestra la oración de Pedro:
«Señor, sálvame».
Pidámosle al Señor que nos cobije, que nos acompañe y que nos tienda la mano.
Estoy seguro de que su respuesta será la misma que recibió Pedro.
Nos tenderá la mano y nos recordará:
No tengas miedo. Confía.